La economía de la rapidez (I)

Turboconsumidor

Turboconsumidor

Llegan las vacaciones para muchos, momentos donde todo parece que sucede más despacio e intentamos, aunque no siempre con éxito, dejar atrás el agobio por la ansiosa necesidad de ganar tiempo casi en cualquier instante del día. Los momentos de descanso y serenidad son una buena ocasión para detenerse a reflexionar  sobre el sentido de la velocidad del tiempo que vivimos.

Hemos acondicionado nuestra vida para que todo se pueda hacer con mayor brevedad y se comunique de forma más rápida: autopistas más grandes para desplazarse más rápido, anchos de banda infinitos para mejorar la velocidad de transferencia de datos, dispositivos de conexión móviles para no depender de cables y estar conectados en cualquier lugar, vuelos low-cost para desplazarse internacionalmente en el menor tiempo posible, coches de más de 500 caballos… y sin embargo la sensación de agobio y de no disponer de tiempo se agudiza. La cantidad de cosas que queremos hacer es mucho mayor que el tiempo que ganamos con los avances tecnológicos.

En los últimos 50 años hemos modificado la tierra más rápido que nunca; en los últimos 60 años la población mundial se ha triplicado; más de la mitad de los nuevos perfumes desaparece al cabo del primer año; el 70% de los productos vendidos en una gran superficie no vive más de 2 ó 3 años y en Japón más del 90% de los nuevos productos fracasan antes del 1er año de vida. Actualmente dormimos 90 minutos menos de media que hace un siglo, lo cual nos hace entrar en una zona de peligro para nuestra salud, incumpliendo una parte vital que conforma nuestra capacidad de creación y lucidez que es la de cumplir un mínimo de 7 horas de sueño. Se ha demostrado que un padre británico dedica de media el doble de tiempo al correo electrónico que a sus hijos.

Los criterios de fugacidad y rapidez de cambio pueden lastrar el desarrollo personal. En EE.UU. 1 de cada 4 trabajadores ha estado menos de 1 año trabajando en su empresa. En los últimos 15 años hemos pasado de empezar a enviar correos electrónicos a 54 Kbps a generar 4 exabytes de información en 2009, lo cual supone más información generada que en los últimos 5.000 años y cada dos años se duplica. El problema es que generamos infinitamente más información con prácticamente la misma sabiduría de hace cientos de años. Actualmente, los estudiantes se preparan para trabajos que todavía no existen. Con tanta información técnica, un estudiante de 1er curso de una carrera técnica se habrá quedado obsoleto en su 3er año.

Todo esto nos ha llevado a vivir en una espiral de hiperconsumo y felicidad simulada, convirtiéndonos en lo que Gilles Lipovestky ha llamado turboconsumidor.  Comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para seducir a quién no conocemos intentando proyectar un status imaginario e idealizado pero irreal nos hace vivir superficialmente en una aparente e irreal libertad que nos lleva perder la conexión con lo único que era verdaderamente real en nuestras vidas: el momento presente. Lipovestky define al hiperconsumidor como ese individuo agobiado para quien el factor tiempo se ha vuelto un referente fundamental que decide la organización de la cotidianidad. La compulsión por ganar tiempo en una carrera contrarreloj que se impone a la carrera por la estima.

El objetivo es comercializar el tiempo, organizar el poco tiempo que nos queda en torno al hiperconsumo: centros comerciales que abren en domingo, grandes áreas comerciales en sitios de paso como aeropuertos y estaciones de tren o tiendas abiertas todo el año 24 horas conforman un continuo espacio-tiempo comercial que nos permite un máximo de consumo con un menor tiempo disponible.

Vivir apresuradamente es vivir fugazmente y de forma superficial. Al perder consciencia y unión con el momento presente, vivimos como sonámbulos dirigidos externamente y alienados a algo que ni hemos escogido ni nos hace más felices, adoptando actitudes cada vez más egoístas fomentando un individualismo que nos aísla del resto de personas y de la realidad y no hace más que hacernos perder aquello que nos permite construir una sociedad más igualitaria y nos hace más auténticos como seres humanos: el altruismo o el sacrificio personal sin beneficio propio y por el beneficio de otros.

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