Los mercados municipales en la encrucijada: situación y retos. (Parte 1)

Los mercados minoristas se encuentran en una encrucijada que se ha visto agravada con la crisis, el envejecimiento de comerciantes, instalaciones y atractivo comercial unido a la progresiva pérdida del colchón que suponía el respaldo público. Las ventajas relacionadas con la ubicación, la agrupación de comercios principalmente de frescos y el trato familiar están perdiendo fuerza frente a la falta de competitividad en precios, la rotura de una mezcla comercial variada y completa, la falta de servicios básicos (como los limitados horarios de apertura o posibilidad de pagar con tarjeta de crédito) y la obsolescencia y atractivo de las instalaciones.  Y a todo ello se suma la visión individualista del comerciante que no acaba de entender las ventajas de desarrollar campañas promocionales, animación, ofertas, gestión y branding de forma conjunta como venimos haciendo desde Coto Consulting con nuestro servicio Merk2 (Gestión y Marketing de Mercados Minoristas) en los mercados de Sagunto (Mercado Excelente), Onda (Mercado Excelente) y Manises.

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Encima de la mesa se van acumulando más lastres pesados y más retos por solventar. A nivel específico es necesario poner de relieve que nos encontramos frente a una cultura empresarial desigual. Diferentes tipos de empresario (en cuanto a edades, motivaciones y capacidades) conviviendo en un mismo espacio ha provocado un debilitamiento de la función asociativa y una imagen dispar del cliente hacia el equipamiento según el puesto seleccionado. Sin visión de conjunto y objetivos claros y compartidos es imposible revertir la situación de las cosas. Dejar de pensar en clave personal y empezar a pensar en clave de cliente (actual y futuro) como única vía de supervivencia. Sin una visión única y proactiva los comerciantes serán incapaces de exigir y establecer un buen partenariado público-privado con la administración pública local.

Entonces chocamos con la obsolescencia. O bien del  equipamiento, o bien de los comerciantes o bien de ambos. Es difícil ver coincidir equipamientos renovados con comerciantes orientados al cliente y modernizados. Muchos ayuntamientos han reformado sus mercados (continentes) sin renovar comerciantes y producto comercializado (contenido) y en otros casos (los menos) sucede al revés. O bien conviven los dos casos en más ocasiones de las deseadas.

En este sentido, muchos Mercados parecen estar permanentemente en modo “servicios mínimos de accesibilidad”, esto es, todo aquello que haga difícil la compra en el equipamiento destacando dos factores de fracaso: no abrir por las tardes (lo mismo me da que abran unos cuantos en viernes por la tarde) y no facilitar el acceso en vehículo privado (ya sea con vales de parking, zonas de carga y descarga express para clientes o cualquier fórmula que permita acceder cómodamente a pie o en vehículo privado). Pero también en modo “servicios mínimos”, que suponen factores de éxito de cara a adaptarse a las nuevas demandas y segmentos de cliente: pago con tarjeta, envío a domicilio, servicio de consigna, carros de compra, climatización, cambiador de bebés, restauración, etc.  En este sentido no hace falta innovar demasiado, es mejor aplicar el sentido común. Implantar tecnologías que unos puestos utilizan y otros no o disponer de sistemas de información y nuevas tecnologías a las que no se les saca provecho no tiene ningún sentido. Se deben dar pasos en conjunto y empezar por lo básico, no hace falta ponerse a inventar cuando aún tenemos cuestiones básicas como aceptar tarjetas de crédito en el 100% de los puestos.

No podemos olvidar que los Mercados gozan de una media de edad altísima (en nuestros estudios casi siempre mujeres por encima de los 50 años) lo que hace necesario atraer nuevos segmentos de demanda. Los Mercados se mueren al ritmo que desaparece una clientela cada vez más mayor.

Entonces es cuando hay que empezar a diseñar una estrategia y ejecutarla. Una estrategia, partiendo de un riguroso análisis, dirigida en la mayoría de casos a reposicionar el Mercado Municipal como “foco” de producto fresco, de calidad en el que poder ver, tocar, oler, probar y compartir. Y este reposicionamiento es laborioso y requiere de una alta implicación.  No se trata de querer ser un nuevo Mercado de San Miguel, inviable en la mayoría de ciudades medias y pequeñas, sino que los Mercados deberían pensar en cómo ofrecer una oferta de frescos completa, variada y competitiva, introducir locomotoras de producto complementario (seco, droguería, perfumería,…), ampliar el tamaño de los puestos y/o aumentar su nivel de especialización, poner el foco en la calidad del producto y del servicio y ser capaces de demostrarlo. Por ello es necesario saber demostrar y comunicar que el producto comprado en el Mercado es de verdad “mejor” que aquel que venden en otro establecimiento, porque, ¿Quien dice que el producto es mejor? Los clientes hasta ahora han tendido a opinar que el producto del Mercado era de alta calidad pero hasta ahora los comerciantes no se han parado a establecer mecanismos (mas allá de la palabra) que demuestren que ese razonamiento es cierto. Además, tampoco los Mercados en general están preparados para ofrecer degustaciones de aquello que venden, ni a nivel de presentación, comunicación o infraestructura. Y todo ello, sin olvidarse que el consumidor que valora el factor precio más que nunca y no va a dejar de hacerlo. Lo clientes no van a volver querer gastar más dinero, y si tienen que pagar más exigirán un valor añadido por aquello que pagan, que deberá ofrecerse en el producto y en la experiencia de comprar ese producto. Frente a este razonamiento, muchos comerciantes se resisten a bajar márgenes o impulsar promociones en conjunto de interés para el consumidor sin que esto deprecie la imagen de calidad del producto. Esto es tarea complicada sin una  buena gestión profesionalizada y dependiente de los propios comerciantes. 

En la siguiente entrega hablaremos del reto de la gestión y otros retos pendientes…..

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2013. Llegó la hora de salir a sembrar el trigo.

Para crear hay que destruir. Para obtener algo nuevo es necesario que lo viejo deje lugar. Para obtener el vino primero debe de crecer la uva, que debe ser transformada y desaparecer para dar lugar al caldo. Pero vino y uva no pueden convivir juntos, aunque el uno sea condición necesaria para el otro. Lo mismo sucede con la mariposa y el gusano, las estaciones del año,  etc. Todo lo nuevo necesita un camino libre para crecer porque cuando queremos construir nuevas estructuras sobre la base y los cimientos de las antiguas, al final todo acaba derrumbándose. En nuestra cultura cristiana y occidental existe un temor infundado a la renovación, a la destrucción creadora, a la desaparición y al más allá, nos horroriza la muerte como forma natural de dejar paso a lo nuevo y nos empeñamos en salvar todo lo que poseemos y hemos construido sin darnos cuenta que con ello imposibilitamos la oportunidad de crear una nueva realidad. Y lo peor de todo es que cuanto más nos empeñamos en salvar aquello a lo que le ha llegado su fin,  mayor es la caída y destrucción.

Y en eso estamos actualmente, en el dilema del cambio frente a la conservación, entre el miedo a perder lo poco que nos queda y el abismo de la renovación hacia un camino desconocido, entre la seguridad de conservar lo poco que tenemos y la oportunidad de crear algo totalmente nuevo, entre la cobardía de quedarnos casi como estamos y la valentía de querer cambiarlo todo. Si escuchamos a las voces dirigentes de nuestro rumbo (los mercados, el G8, etc.) no hacen más que dar vueltas sobre propuestas que poco cambian las cosas o que si las cambian servirán tan solo para empezar un nuevo ciclo que nos lleve a la misma situación actual en otros 10 o 15 años. Y porque? Pues porque se construyen sobre las mismas bases sobre las que se han creado nuestros problemas.   Es una espiral de difícil solución; Algunos (casi todos con poder y dinero) temen perder todo lo que han ganado y siguen ganando en la turbulencia mientras otros muchos (la gran mayoría) siguen abocándose en una espiral de destrucción y parálisis.

Nada volverá a ser como antes por mucho que intentemos repetir las recetas. La oportunidad que se le brinda a la sociedad, con más opciones que nunca de interconexión, es que asuma que tiene en sus manos el poder de cambiar las cosas. Basta ya de sentirnos tan minúsculos y  sobretodo basta ya de externalizar nuestro dolor, porque cuanto más tiempo pasamos culpando a los demás de lo que nos pasa más débiles y vulnerables nos sentimos. Es hora de deshacernos del pasado y la forma en que solíamos entender el mundo, las relaciones, la economía y el progreso. La nueva sociedad se basará en la cooperación y no en la competencia, en el trabajo en red por encima del éxito individual, en el emprendimiento en lugar de la subordinación y en el talento más que en el conocimiento. Solo así podremos garantizar el bienestar de nuestros hijos.  Todo ello desde una visión holística y global de los actos individuales y globales, con la consciencia de que todo deja huella.

Dejemos la resignación de las voces que nos dicen que no podemos hacer nada. Millones de pequeños aleteos de mariposa pueden producir un huracánImagen, siempre que todas asuman su pequeño rol. Seamos responsables de nuestro futuro de una vez por todas. Una nueva era puede empezar y tenemos el poder de hacerla realidad. Está claro que nos queda mucho camino por delante y que el nuevo año no va a venir con el pan bajo el brazo, así que ya va siendo hora de que salgamos a labrar la tierra y sembrar el trigo. 

Desequilibrio emocional en las empresas: la montaña rusa en la que vivimos

Vivimos tiempos desproporcionados en los desequilibrios se han asentado en nuestro día a día. La economía financiera hace tiempo superó a la “economía real”, esa que podemos ver y tocar en nuestros barrios y polígonos industriales. Vivimos en un entorno volátil e impredecible, donde el ciudadano, el trabajador y el emprendedor se sienten cada vez más dependientes de fuerzas externas no controlables que no hacen sino acrecentar un miedo que nos va paralizando. Este sentimiento de impotencia y descontrol es comparable a estar viviendo en una gran montaña rusa comprada en un bazar de todo a 1 €, donde nos tambaleamos a cada curva, subimos y bajamos rápidamente, desequilibrados y sin control de cabina.

De poco sirve aplicar las recetas de austeridad, control presupuestario y reformas que piden los mismos que luego nos castigan en una sinrazón incomprensible para la gente de a pie, que primero le hacen creer que cualquier tipo de rescate acaba hundiendo al país (caso Grecia) y luego ve como la prima de riesgo cae considerablemente por un simple anuncio de posible rescate. En este entorno confuso, los ciudadanos nos encontramos con dirigentes que parecen funcionar con “mando a distancia”. Y al final, basta una reflexión del presidente del Banco Central Europeo, una simple afirmación capaz de generar confianza en los mercados para calmar las cosas, sin necesidad de previo anuncio de reforma, cambio o evolución real en la economía. Lo material está perdiendo fuerza frente a lo volátil y efímero. Por primera vez, el humo se empieza a producir sin necesidad de quemar madera.

A este contexto se le suma el desequilibrio emocional en el que están inmersas miles de pequeñas y medianas empresas, dominado por ese vaivén desequilibrado de noticias y de resultados dispares e incomprensibles que hacen perder la sensación de control sobre lo que uno hace y cree poder hacer. El propio concepto de confianza se ha vuelto volátil, efímero y en definitiva se ha convertido en una víctima a la merced del miedo del ser humano.

Y en el trasfondo de todo parece que es el miedo quien se está apoderando del rumbo de nuestro destino como estado y como comunidad. Creo que la naturaleza de este efecto montaña rusa tiene su origen en el propio concepto de miedo creado en el inconsciente del ser humano, donde verdaderamente tomamos las decisiones.  La sensación de inseguridad y volatilidad abre la puerta para que el miedo gane terreno en nuestro inconsciente, limitándonos y acorralándonos y haciendo aflorar nuestra parte agresiva, oscura e intolerante que intenta protegernos de algo que desconocemos y que para nada nos sirve si tenemos claro que nuestra supervivencia futura pasa por un mayor entendimiento, unión y gestión conjunta de todo el planeta. A pesar de que nuestra supervivencia no corre ningún peligro, vivimos tiempos desconcertantes dominados por la desconfianza y un miedo paralizante y limitador. Esta forma de miedo colectivo nace del peligro de lo desconocido, de la inseguridad del presente y de la sensación de falta de control de nuestras vidas. Sólo desde la aceptación, la confianza y la compasión puede surgir una nueva forma de entender lo que sucede y reaccionar con sabiduría.  No podemos esperar que otros lo hagan por nosotros, necesitamos generar un nuevo caudal de confianza para girar los rostros y empezar a mirar hacia la luz si queremos ser capaces de crear un destino diferente al que nos está abocando esta sensación impotencia y esta inmovilidad.