Reinventarse: El fracaso como combustible del éxito

Son muchas las personas y empresas que tras experimentar derrota tras derrota y haber entregado todo su esfuerzo sienten que han fracasado y que finalmente todo lo que han hecho no ha merecido la pena perdiendo la visión, capacidad de perseverar y sentido desde las cosas.

Desde muy pequeños nos educan para triunfar en la vida pero nos olvidamos de enseñar a gestionar el fracaso. Protegemos a nuestros hijos de poder experimentar en su propia carne los efectos del fracaso, “no te subas ahí” o “deja de jugar con eso que te harás daño” y poco a poco vamos introduciendo el miedo al fracaso en nuestras vidas, el miedo a conseguir cosas y a llegar a ser quien podemos ser. Desde que aprendemos a andar, caemos una y otra vez hasta que logramos mantener el equilibrio y poner un pie delante de otro. Pero lo cierto es que llegamos a mayores con muchas frustraciones y miedos de que pasen cosas que nunca nos han pasado.

El problema del fracaso es el bloqueo que provoca y el miedo que imprime. Si esto se traduce en ansiedad empezaremos a creer que somos incapaces de conseguir cosas sin tener la evidencia de que no podemos conseguirlas y a crearnos una limitación autoimpuesta. Creo que si tuviéramos que aprender a andar de mayores, muchos de nosotros habríamos cesado momentos antes de haberlo conseguido. Cuando un niño cae y vuelve a intentarlo, lo hacen de un modo diferente hasta que lo consiguen de forma casi automática, está en nuestro ADN. Einstein decía que “Ningún problema importante puede ser resuelto desde el mismo nivel de pensamiento que lo generó”.

fracaso exito

En los últimos años siempre que he tenido la ocasión de preguntar a empresarios exitosos sobre la historia de sus empresas he insistido en la parte de los fracasos. Todos ellos han pasado por momentos críticos y han sufrido numerosos fracasos, y lo más importante es que han sabido sacar un aprendizaje del fracaso que les ha ayudado a su posterior éxito, incluso en situaciones de haber estado a punto de echar el cierre o incluso haberlo echado. El fracaso les ha puesto los pies en la tierra, hecho reflexionar y coger impulso para volver con más fuerza. Para conseguirlo es necesario hacerse preguntas, evaluarse internamente (y no tanto al entorno) y reflexionar sobre ello.

Algunas de estas reflexiones serían:

El fracaso es una constante que debemos aprender a gestionar. No fracasar implica no asumir riesgos y cuando no se asumen riesgos no queda espacio para el cambio y la mejora de los resultados.

Encontrar un sentido es mejor que tener éxito. El sociólogo Stefan Vanistendael y el psicólogo Jacques Lecomte escribirán un decálogo de recomendaciones para constituir la resiliencia (la capacidad del ser humano de hacer frente a las adversidades y salir fortalecido de ellas), y apuntaban en una de ellas que hay que diferenciar éxito de sentido. Algunas de nuestras acciones no tienen éxito, pero esto no significa que estén desprovistas de sentido. El sentido es mucho más determinante en la riqueza de la vida que el éxito.

Tomar decisiones y hacerlas buenas. Las decisiones siempre se toman sin disponer de conocimientos completos, en este sentido es más importante hacer buenas las decisiones que se han tomado que tomar buenas decisiones. Lo importante y urgente debe ser pasar a la acción, ponerse en movimiento y empezar a reinventarse, aún sin tener controlados los riesgos y sin toda la información disponible.

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2013. Llegó la hora de salir a sembrar el trigo.

Para crear hay que destruir. Para obtener algo nuevo es necesario que lo viejo deje lugar. Para obtener el vino primero debe de crecer la uva, que debe ser transformada y desaparecer para dar lugar al caldo. Pero vino y uva no pueden convivir juntos, aunque el uno sea condición necesaria para el otro. Lo mismo sucede con la mariposa y el gusano, las estaciones del año,  etc. Todo lo nuevo necesita un camino libre para crecer porque cuando queremos construir nuevas estructuras sobre la base y los cimientos de las antiguas, al final todo acaba derrumbándose. En nuestra cultura cristiana y occidental existe un temor infundado a la renovación, a la destrucción creadora, a la desaparición y al más allá, nos horroriza la muerte como forma natural de dejar paso a lo nuevo y nos empeñamos en salvar todo lo que poseemos y hemos construido sin darnos cuenta que con ello imposibilitamos la oportunidad de crear una nueva realidad. Y lo peor de todo es que cuanto más nos empeñamos en salvar aquello a lo que le ha llegado su fin,  mayor es la caída y destrucción.

Y en eso estamos actualmente, en el dilema del cambio frente a la conservación, entre el miedo a perder lo poco que nos queda y el abismo de la renovación hacia un camino desconocido, entre la seguridad de conservar lo poco que tenemos y la oportunidad de crear algo totalmente nuevo, entre la cobardía de quedarnos casi como estamos y la valentía de querer cambiarlo todo. Si escuchamos a las voces dirigentes de nuestro rumbo (los mercados, el G8, etc.) no hacen más que dar vueltas sobre propuestas que poco cambian las cosas o que si las cambian servirán tan solo para empezar un nuevo ciclo que nos lleve a la misma situación actual en otros 10 o 15 años. Y porque? Pues porque se construyen sobre las mismas bases sobre las que se han creado nuestros problemas.   Es una espiral de difícil solución; Algunos (casi todos con poder y dinero) temen perder todo lo que han ganado y siguen ganando en la turbulencia mientras otros muchos (la gran mayoría) siguen abocándose en una espiral de destrucción y parálisis.

Nada volverá a ser como antes por mucho que intentemos repetir las recetas. La oportunidad que se le brinda a la sociedad, con más opciones que nunca de interconexión, es que asuma que tiene en sus manos el poder de cambiar las cosas. Basta ya de sentirnos tan minúsculos y  sobretodo basta ya de externalizar nuestro dolor, porque cuanto más tiempo pasamos culpando a los demás de lo que nos pasa más débiles y vulnerables nos sentimos. Es hora de deshacernos del pasado y la forma en que solíamos entender el mundo, las relaciones, la economía y el progreso. La nueva sociedad se basará en la cooperación y no en la competencia, en el trabajo en red por encima del éxito individual, en el emprendimiento en lugar de la subordinación y en el talento más que en el conocimiento. Solo así podremos garantizar el bienestar de nuestros hijos.  Todo ello desde una visión holística y global de los actos individuales y globales, con la consciencia de que todo deja huella.

Dejemos la resignación de las voces que nos dicen que no podemos hacer nada. Millones de pequeños aleteos de mariposa pueden producir un huracánImagen, siempre que todas asuman su pequeño rol. Seamos responsables de nuestro futuro de una vez por todas. Una nueva era puede empezar y tenemos el poder de hacerla realidad. Está claro que nos queda mucho camino por delante y que el nuevo año no va a venir con el pan bajo el brazo, así que ya va siendo hora de que salgamos a labrar la tierra y sembrar el trigo. 

Alpinistas Samuráis: Necesitamos un nueva raza de líderes

Antònia Font

Antònia Font

Una vez superada y consumida la etapa postindustrial tras la presente crisis, llegamos a la culminación de la era del viejo marketing para pasar a un nuevo tipo de relaciones entre la empresa y el cliente, caracterizadas por un contexto híbrido en el que conviven de la mano sobreoferta y escasez, individualismo e incapacidad de diferenciarse, low-cost y lujo, sobreinformación digital y caída en picado de los medios tradicionales, clonación de destinos turístico-comerciales y espacios nuevos y lugares irrepetibles. Vivimos un momento en el que las verdades absolutas se derrumban y se transforman, donde los ciudadanos necesitan aislarse pero estar conectados y estar solos pero tener contacto, donde los consumidores dicen digo por la mañana y diego por la tarde y todo ello sin dejar de lado unos valores morales a los que acogerse y una capacidad de protesta y reacción creciente.

Una nueva forma de relacionarse con los clientes se debe abrir paso, y para ello se precisa de una nueva raza de empresas, profesionales y personas capaces de liderar el futuro. Para describir su esencia no se me ocurre nada mejor que el título de una canción: “Alpinistes-Samurais” del grupo balear Antònia Font, que sintetiza los rasgos de este nuevo tipo de líderes necesarios: Alpinistas samuráis.

El lado alpinista es el valor: aporta capacidad analítica y de adaptación, superación, esfuerzo, optimización de recursos y aventura. El lado Samurái es el honor: honestidad, honradez, justicia, rigurosidad, excelencia, compasión, trabajo, lealtad y sacrificio.

Los alpinistas son planificadores, atrevidos y con un claro espíritu de superación personal. El alpinista siempre quiere ir más allá: ‘El alpinista es quién conduce su cuerpo allá donde un día sus ojos lo soñaron’decía Gaston Rébuffat. Los alpinistas planifican el ascenso con suficiente anterioridad aunque están preparados para las sorpresas y los imprevistos, saben manejarse en la escasez y evitan las sobrecargas para ser más ágiles, rápidos y así llegar antes y en mejores condiciones a la cima. No tienen prisa y saben esperar, son perseverantes: ‘Lo esencial no es escalar rápido sino durante mucho tiempo’ decía Georges Livanos. Y una vez en la cima, los alpinistas tienen muy claro una evidencia física que tantas veces se olvida cuando se llega arriba: que todo lo que sube, tarde o temprano debe bajar.

Los samuráis son guerreros. Etimológicamente su significado es el de “aquellos que sirven”. Acostumbrados a enfrentarse diariamente a la posibilidad de su propia muerte eran muy conscientes de cada momento que vivían, llegando a morir por su causa. Tenían un valor heroico y reemplazaban el miedo por el respeto y la precaución, ayudaban a sus compañeros en cualquier oportunidad y si la oportunidad no surgía, se salía de su camino para encontrarla. A pesar de su aspecto fiero, los samurái cumplían una serie de estrictas reglas de cortesía hacia su oponente y siempre cumplían su palabra: ‘Cuando un samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho’”se dice.

Alpinistas samuráis. Valor y honor para una nueva especie de líderes preparados y capaces de ir más allá, de hacer cambios y de mejorar las cosas, siempre listos para los retos pues como dice la canción ‘cosas más raras nos van a pasar’.

El decisivo papel de la perseverancia

Piccard

Piccard

Hace pocas semanas abrieron un bar-cafetería cerca de mi casa en un céntrico local en el que se han sucedido varios negocios en un solo año. Tras varios años sin actividad, en ese local cerrado y vacío se instaló una panadería que también servía cafés. Su joven y amable dependienta es el recuerdo más duradero que tengo, hasta que medio año más tarde bajaran la persiana definitivamente. Al poco tiempo y con las pilas cargadas abrió una cafetería especializada en “donuts” lo que junto al amplio horario de apertura parecía que se le auguraba otro destino, pero en cuestión de pocos meses se vieron forzados a un nuevo cierre. El último negocio que abrió hace menos de 1 mes, de carácter cubano y que servía también cockteles, acaba de cerrar. En cuestión de días tras su apertura han acabado con el esfuerzo y los ahorros de posiblemente varios años.

Al fijarnos en este fenómeno acaecido en menos de 1 año podemos llegar a la conclusión de que la falta de planificación, organización y sobretodo perseverancia y constancia acaban mermando los sueños de muchos emprendedores que destinan casi todo el dinero de que disponen a abrir negocios guiados básicamente por la intuición que se ven forzados a dar rentabilidades a corto plazo dado ( no hay un fondo de maniobra) y que al no conseguirse ese rápido retorno de la inversión y no disponer de un cierto colchón financiero con el que compaginar la necesaria perseverancia,  el negocio se ve abocado al fracaso. Las cosas, al igual que los niños, suelen necesitar tiempo para echar a andar, así que mientras nos enseñamos a correr será mejor que tengamos una reserva que nos permita aprender y consolidar sin la presión del resultado cortoplacista.

Casi todos los días paso por delante de ese local, ahora cerrado de nuevo, y no puedo evitar pensar sobre uno de los valores que más han permitido  forjar a los grandes seres humanos que ha brindado la historia, haciéndoles superar las barreras de la adversidad y el fracaso. Una de esas personas fue Auguste Piccard. Piccard fue un ingeniero que colaboró con Einstein, y aunque nunca recibió un premio Nobel y su nombre es casi desconocido, su legado es sorprendente.

Poco después de que se descubriera la estratosfera, Piccard quiso ir más allá y se convirtió en el primer hombre que se elevó hasta esta capa con un globo construido por el mismo, alcanzando una altura máxima registrada de 23.000 m., tras muchos intentos fallidos y múltiples ascensiones. Con las técnicas aprendidas sobre presurización de su globo, se decidió por indagar en los océanos y construyó un batiscafo con el que en 1953 alcanzó una profundidad de 3.150 metros acompañado por su hijo. Con este invento se alió con la marina americana y tras varias mejoras introducidas en el Trieste (así se llamaba el batiscafo) en 1960 y con dos tripulantes a bordo (uno de ellos era Jacques) bajó al punto más profundo de nuestro planeta, en el Océano Pacífico a 11.000 metros de profundidad en la Fosa de las Marianas, donde permanecieron 20 minutos.

Su actitud perseverante y llena de energía le llevó a ser el primer hombre que intentó dar la vuelta al mundo en globo, cosa que consiguieron sus hijos en 1999, sin escalas y batiendo tanto el récord de distancia (48.000 km) como el de duración de vuelo en globo (21 días) en el Breitling Orbiter III. En una entrevista le preguntaron: “¿Qué diría a los jóvenes con deseos de buscar aventura?” Y su respuesta fue:

“Que no tienen que ser ricos o musculosos como Arnold Schwarzeneger para lograr grandes cosas. Que, a veces, habrá personas que nos desanimarán, pero con perseverancia podemos llegar hasta el final. Si de verdad queremos hacer algo, nada es imposible. La única manera de llegar a nuestro fin es intentarlo una vez más, después de un fracaso, aunque nos parezca irrealizable. La vida es como un globo llevado por el viento. Si el viento es contrario a nuestro destino, hay que luchar para seguir avanzando.”

El valor del esfuerzo

Transformación

Transformacion

A lo largo de los últimos 200 años el ser humano ha logrado mejorar su nivel de vida a pesar de guerras, hambrunas, recesiones y crisis. Con el esfuerzo y el trabajo junto a los derechos e igualdades conseguidos posteriormente, hemos podido transformar las estructuras sociales mejorando nuestras condiciones de vida. Y esto ha sido posible gracias a  la especialización y al intercambio con otros seres humanos, ambos han sido factores esenciales de nuestra evolución. El periodista científico Matt Ridley sostiene que ninguna otra especie puede intercambiar ideas y especializarse. Por tanto, la capacidad de concentrarse, esmerarse y esforzarse trabajando y la capacidad de compartir este fruto con el resto de seres humanos es lo que nos ha permitido evolucionar y generar el cambio en la sociedad. Para propiciar el cambio hemos tenido que sacrificar muchas cosas, librarnos de parte del equipaje para poder renovarlo, abandonar viejos modelos productivos y cuanto más nos hemos cerrado a interpretar la realidad con patrones nuevos, más nos ha costado dar un salto cualitativo y mejorar nuestras condiciones de vida. Se trata de la destrucción creativa o destrucción creadora que para el famoso economista austriaco J. Schumpeter era la esencia del capitalismo. Para crear algo nuevo, casi siempre hay que destruir algo, dejar de hacer algo como lo estábamos haciendo anteriormente. Lo hemos hecho muchas veces durante los 200.000 años de especie humana y parece que nos hayamos olvidado de hacerlo.

Creo que en estos momentos estamos debatiendo sobre defender una situación determinada bajo un paradigma obsoleto y a pesar de reformas, manifestaciones y debates no estamos consiguiendo abrir nuevos caminos y oportunidades a nivel productivo, atraer al talento y fijar un nuevo marco (insólito y desconocido) en el que poder establecer los cimientos de un nuevo modelo. Parece que los actuales emprendedores y futuros líderes empresariales no se sienten identificados por las organizaciones patronales que los representan oficialmente y muchos trabajadores (jóvenes y de pequeñas empresas sobre todo) que desarrollan emprendedurismo y liderazgo en el interior de las empresas (conocidos como intra-emprendedores) no se sienten representados por los sindicatos. Este hecho acaba por mermar la capacidad regenerativa del sistema y el salto hacia un nuevo modelo productivo. Esa es la sensación que tienen muchas personas y muchos de  los pequeños empresarios, autónomos y trabajadores de  pequeñas empresas y micropymes que necesitan sentirse parte de reivindicaciones que aporten nuevos marcos de acción, aire fresco sobre el futuro, ideas y compromisos que tengan en cuenta la importancia del esfuerzo y el sentido de la responsabilidad y pertenencia al grupo.

Administración, organizaciones empresariales y sindicatos deben obtener consenso y compromiso de trabajo para el nuevo escenario necesario, fijando el lienzo sobre el que los actores sociales puedan dibujar con su esfuerzo y superación una nueva realidad. Es hora de empezar a caminar en una dirección que requiere de reflexión pero cada vez más urgentemente decisión y acción. Y esta decisión pasa por abandonar patrones y formas de hacer hasta ahora asumidas y consolidadas para poder adaptarse a la nueva realidad. Es hora de ponerse manos a la obra del cambio con responsabilidad y capacidad de esfuerzo y sacrificio. Como el sobreesfuerzo que debe hacer la crisálida para abandonar el capullo, formalizar su transformación en mariposa y echar a volar.