La economía de la rapidez (II)

Slow travel

Slow travel

Cambiamos más rápido que nunca. Según IXP Marketing Group, cerca de 21.000 nuevas marcas irrumpen en el mercado mundial cada año y muy pocas de ellas perduran más de un año. En los últimos meses hemos podido ver como el mismísimo ágora del sistema económico global (aunque ajena a la mayoría de la sociedad), la bolsa,  puede descender del cielo al infierno en una sola noche y una empresa puede perder la mayor parte de su capitalización bursátil en menos de una semana. ¿El motivo? Un simple rumor que infunda miedo en una determinada inversión puede arrollar a millones de pequeñas inversiones y miles de puestos de trabajo sin apenas tiempo para el análisis. La toma de decisiones global es generalmente ultrarrápida, intuitiva y demasiado a menudo se realizan los estudios necesarios para la toma de decisiones al mismo tiempo o incluso posteriormente a haber tomado la propia decisión.

Como hemos dicho, los criterios de fugacidad y rapidez de cambio pueden lastrar el desarrollo personal. En EEUU 1 de cada 4 trabajadores ha estado menos de 1 año trabajando en su empresa. El departamento de trabajo americano estima que el alumno de hoy habrá pasado por más de 10 puestos de trabajo a los 38 años. Los estudiantes se preparan para trabajos que todavía no existen con técnicas que quedarán obsoletas cuando estén en situación de utilizarlas una vez obtenida su titulación. Hay incluso empresas que cierran las cuentas semanalmente o incluso diariamente

La mayor consecuencia de los cambios acelerados es la incertidumbre del tiempo que está por venir que alimenta y hace crecer nuestros miedos y que se acaba traduciendo en un mayor nivel de ansiedad y stress continuado que no hace sino mermar nuestra lucidez y consciencia emocional. La presión constante a la que nos sometemos al no poder seguir un ritmo imposible nos genera frustración que nos hace entregarnos a una manera de actuar autómata, narcótica, guiada por fuerzas externas y desconocidas; acabamos actuando y consumiendo de forma mecánica sin apenas tiempo para la reflexión, sin pararnos a pensar en cuáles son nuestras verdaderas motivaciones y necesidades, sin un porqué claro o un para qué concreto que nos hace desear productos nuevos y lanzamientos renovados (aunque tengan fallos, como la nueva versión del Ipod, la 4ª) con la máxima urgencia para poder saciar el vacío que se nos crea cuando nos encontramos con nosotros mismos, sin las interferencias emocionales que nos produce la falsa satisfacción de lo material. Está claro que la mayor parte de nuestras decisiones de compra son emocionales, pero parece nos importa cada vez menos entender cuáles son esas emociones para otorgarles su merecida importancia….

Un estudio realizado en 2007 entre ciudadanos de 34 ciudades del mundo demostró que el peatón actual anda a 4,5 Km por hora, un 10% más rápido que hace 10 años. Si comparamos incluso en las series y películas de hoy en día la velocidad de pronunciación gramatical es más rápida. Sólo tenemos que ver cualquier programa de los llamados “del corazón” (quizás por la carencia  del mismo en su estilo periodístico y emocional) para darnos cuenta de que la velocidad con la que hablamos hoy en día es mayor a la de hace unas pocas décadas.

No obstante, una vez más el ser humano es capaz de desarrollar mecanismos de regulación  y lucidez como respuesta a la creciente aceleración global con iniciativas cada vez más respaldadas socialmente que propugnan justo lo contrario. Son los movimientos Slow. Y parece que funcionan. Del más reconocido y difundido ya hemos hablado con anterioridad, se trata del movimiento slowfood, creado en 1986 en Roma como protesta al fastfood y del que hay una buena representación en la comarca de la marina alta (marinaalta.slowfood.es). En la próxima entrega hablaremos algunos de estos ejemplos de movimientos lentos que nos llaman la atención como el “slow travel” o una respuesta al “fast-fashion”.

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La economía de la rapidez (I)

Turboconsumidor

Turboconsumidor

Llegan las vacaciones para muchos, momentos donde todo parece que sucede más despacio e intentamos, aunque no siempre con éxito, dejar atrás el agobio por la ansiosa necesidad de ganar tiempo casi en cualquier instante del día. Los momentos de descanso y serenidad son una buena ocasión para detenerse a reflexionar  sobre el sentido de la velocidad del tiempo que vivimos.

Hemos acondicionado nuestra vida para que todo se pueda hacer con mayor brevedad y se comunique de forma más rápida: autopistas más grandes para desplazarse más rápido, anchos de banda infinitos para mejorar la velocidad de transferencia de datos, dispositivos de conexión móviles para no depender de cables y estar conectados en cualquier lugar, vuelos low-cost para desplazarse internacionalmente en el menor tiempo posible, coches de más de 500 caballos… y sin embargo la sensación de agobio y de no disponer de tiempo se agudiza. La cantidad de cosas que queremos hacer es mucho mayor que el tiempo que ganamos con los avances tecnológicos.

En los últimos 50 años hemos modificado la tierra más rápido que nunca; en los últimos 60 años la población mundial se ha triplicado; más de la mitad de los nuevos perfumes desaparece al cabo del primer año; el 70% de los productos vendidos en una gran superficie no vive más de 2 ó 3 años y en Japón más del 90% de los nuevos productos fracasan antes del 1er año de vida. Actualmente dormimos 90 minutos menos de media que hace un siglo, lo cual nos hace entrar en una zona de peligro para nuestra salud, incumpliendo una parte vital que conforma nuestra capacidad de creación y lucidez que es la de cumplir un mínimo de 7 horas de sueño. Se ha demostrado que un padre británico dedica de media el doble de tiempo al correo electrónico que a sus hijos.

Los criterios de fugacidad y rapidez de cambio pueden lastrar el desarrollo personal. En EE.UU. 1 de cada 4 trabajadores ha estado menos de 1 año trabajando en su empresa. En los últimos 15 años hemos pasado de empezar a enviar correos electrónicos a 54 Kbps a generar 4 exabytes de información en 2009, lo cual supone más información generada que en los últimos 5.000 años y cada dos años se duplica. El problema es que generamos infinitamente más información con prácticamente la misma sabiduría de hace cientos de años. Actualmente, los estudiantes se preparan para trabajos que todavía no existen. Con tanta información técnica, un estudiante de 1er curso de una carrera técnica se habrá quedado obsoleto en su 3er año.

Todo esto nos ha llevado a vivir en una espiral de hiperconsumo y felicidad simulada, convirtiéndonos en lo que Gilles Lipovestky ha llamado turboconsumidor.  Comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para seducir a quién no conocemos intentando proyectar un status imaginario e idealizado pero irreal nos hace vivir superficialmente en una aparente e irreal libertad que nos lleva perder la conexión con lo único que era verdaderamente real en nuestras vidas: el momento presente. Lipovestky define al hiperconsumidor como ese individuo agobiado para quien el factor tiempo se ha vuelto un referente fundamental que decide la organización de la cotidianidad. La compulsión por ganar tiempo en una carrera contrarreloj que se impone a la carrera por la estima.

El objetivo es comercializar el tiempo, organizar el poco tiempo que nos queda en torno al hiperconsumo: centros comerciales que abren en domingo, grandes áreas comerciales en sitios de paso como aeropuertos y estaciones de tren o tiendas abiertas todo el año 24 horas conforman un continuo espacio-tiempo comercial que nos permite un máximo de consumo con un menor tiempo disponible.

Vivir apresuradamente es vivir fugazmente y de forma superficial. Al perder consciencia y unión con el momento presente, vivimos como sonámbulos dirigidos externamente y alienados a algo que ni hemos escogido ni nos hace más felices, adoptando actitudes cada vez más egoístas fomentando un individualismo que nos aísla del resto de personas y de la realidad y no hace más que hacernos perder aquello que nos permite construir una sociedad más igualitaria y nos hace más auténticos como seres humanos: el altruismo o el sacrificio personal sin beneficio propio y por el beneficio de otros.